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26/01/2012

Prensa

Pablo Atchugarry. Coloso por Valeria Tanco. Diario: El Observador.

Los invito a despojarse de los preconceptos positivos o negativos que tengan sobre el arte en general. Los invito a tomarse una licencia para la contemplación. Los invito, hagan lo que hagan en la vida, a permitirse ser inspirados por el artista por antonomasia 

Vive la mayor parte del año en Lecco, sí, donde está el exclusivo lago de Como. En el invierno boreal, vive en Manantiales, sí, uno de los lugares más exclusivos de nuestra costa. La materia prima de la mayoría de sus esculturas es el mármol de Carrara, sí, la exclusiva piedra “preciosa” de Miguel Ángel. Su obra –que aproximadamente puede valer desde 18 mil dólares si es una de las esculturas más pequeñas hasta más de 1 millón de dólares si es enorme– es expuesta, premiada, elogiada y adquirida en todo el mundo. Su obra está, entre otros espacios accesibles para el público, en la avenida Princesa Grace de Montecarlo, en una iglesia de Lecco, en la parada 1 de la Mansa en Punta del Este, en el pueblo de Manzano en Udine, en el Parque de Esculturas del Edificio Libertad en Montevideo y, por supuesto, en su taller-museo en Italia y en su taller-fundación en Uruguay. Y si bien todo esto es parte de la vida cotidiana del escultor, nada de esto se percibe a simple vista cuando uno se encuentra con él.  Desgaste de carne y hueso Atchugarry tiene un aspecto físico imponente, que uno aventura heredó de la parte vasca familiar, y exuda una serena vitalidad que en conjunto con la ropa de faena, la perenne capa blanca de polvo de mármol que cubre su piel y la intensidad de su mirada, completan una imagen que tiene más de personaje de ficción del mundo de la literatura que de personalidad real del mundo del arte.

“El arte cumple una función social. Es muy importante que la obra esté al servicio de la colectividad y pueda ser vista por el mayor número de personas posible. En Italia en cualquier placita, en cualquier iglesia, en cualquier pueblito, hay arquitectura, hay fuentes. Y gracias a que las generaciones pasadas han dejado ese patrimonio, todo eso va influenciando cotidianamente a quien vive allí”

Esculpir el mármol como lo hace Atchugarry demanda un trabajo de obrero. Además de los grandes bloques de materia prima, amoladoras, una grúa con capacidad de levantar hasta 3.000 kilos, cuerdas, tapabocas, protectores para los oídos y, ocasionalmente, andamios, forman parte del paisaje visual del taller del autor. Así como el paisaje sonoro tiene mucho de sitio de construcción, con los sonidos mecánicos y metálicos de la grúa, el chirriar constante de la amoladora abriéndose paso en la piedra y el golpeteo del martillo en el cincel. En este caso, el desgaste del artista no solo es psíquico, sino también físico. “Este tema que tocaste es muy grande. Porque es tan duro el trabajo físico, desde manipular un martillo que pesa 1 kilo 800 gramos y darse martillazos en los dedos y en las manos, hasta los ruidos de las amoladoras, el polvo que uno respira y es tan difícil de sacar que ni siquiera se va con el agua y el jabón.

Hay una gran parte física en la mole del trabajo. Y no todos los artistas están dispuestos a someterse a la dureza del trabajo, por lo que muchos se separaron de lo que era esta tradición del mármol hacia otros materiales más rápidos de ejecución en los que la fisicidad es menor”. Y por eso también, explica Atchugarry, muchos de los que sí eligen esta piedra hacen un modelo o boceto de su obra y la mandan ejecutar en los talleres que proliferan en tierras de Carrara y Pietrasanta, la “cuna” del mármol. Pero él no quiere ni puede encargar la realización de su obra. Enseguida  sabremos el porqué.

Arterias azules hacia el corazón

“Hace muchos años hacía proyectos bidimensionales en papel, un bosquejo de la obra, y luego lo pasaba a la tercera dimensión. Hasta que aprendí que no podía tratar de condicionar con dos dimensiones a la tercera, que significa el espacio, los 360 grados. Entonces el trabajo se volvió más unitario, en el sentido de que voy dibujando la obra en el bloque”. Los bloques que esperan inmutables a que el artista saque lo mejor de ellos están rayados con gruesas líneas azules, como si por ahí hubiera pasado un niño travieso armado de una crayola. Por esos trazados entrará la amoladora hacia el corazón del mármol.

“Es un dibujo que va desapareciendo a medida que avanzo. Al final no va a quedar nada de ese trazado original. Simplemente se puede documentar en el camino lo que voy haciendo, pero a obra terminada nada de ese dibujo sobrevive”. Esta forma de trabajo hace que el artista no pueda delegar mucho. “Tengo asistentes que me ayudan en el lijado, en alguna desglosatura, pero no en la ejecución, en el tallado. Porque ni yo mismo sé del todo lo que voy a hacer. Hay una especie de proyecto, de mapa general pero luego aparece la aventura de lo inesperado, de lo que uno va encontrando en el momento. Las venas del mármol, sus características… una forma va condicionando a otra forma, un espacio va hablando y va contando al artista la presencia de ese hueco. Hay muchas cosas que pasan en el camino de la realización y para que sucedan uno se tiene que someter a la dureza del trabajo”.

La elección del elegido

El artista vive desde hace 32 años en Lecco y su taller está a 20 kilómetros de su casa allí, en una zona industrial, lo que es útil para los trasiegos de los grandes pesos y volúmenes que maneja. “Como yo trabajo directamente el material, puedo vivir en cualquier parte. No necesito estar en Carrara o en Pietrasanta, porque voy a elegir el mármol, pero luego lo trabajo donde quiero, lo único que necesito es espacio”. Según él, se estableció en ese idílico lugar italiano por mera casualidad. Para quien no lo conoce, Atchugarry lo describe: “El lago de Como es hermoso, es una maravilla. Es el lago más profundo de Europa, llega a tener 400 metros de profundidad. Y está en medio de las montañas, que son los pre Alpes. Y tiene pueblitos encantadores donde no entra el gran turismo, porque las calles son estrechas”. 

Desde que inauguró la fundación que lleva su nombre en Maldonado en 2007, el escultor vive entre mediados de diciembre y marzo en la casa que está en el mismo predio. La Fundación Pablo Atchugarry es un espacio de intercambio para artistas y público general y tiene el espíritu de promover y difundir las manifestaciones artísticas. La entrada es gratuita. Además de exposiciones permanentes y puntuales, conciertos de música y clases de distintas artes plásticas, en el predio hay un parque de esculturas que tiene obras propias y de otros artistas. No me gusta hablar de lugares “mágicos”, pero si los hay, este es uno de ellos. Las formas que toman la naturaleza y la arquitectura podrían ser consideradas una expresión más del alma del artista.

 “Prácticamente dejé de pintar. La escultura es muy celosa, exige todo el tiempo y absorbe toda mi energía”

Atchugarry señala orgulloso cómo en cada intersticio de hierro y vidrio de los enormes ventanales del salón principal hay un nido de hornero. Para él, que los pájaros aniden allí es un signo de aprobación a la construcción humana. Así como en su obra, la luz es protagonista tanto interior como exterior en el espacio. La luz y su intervención, la luz que, plegándose, serpenteando, entrando y saliendo de la materia, se eleva hacia el cielo y baña lo que toca.  Queda claro que los dos lugares en el mundo que eligió el artista son particularmente bellos. La pregunta es obvia. ¿Un artista necesita rodearse de belleza para crear? “Creo que… empecemos con que a veces en el arte contemporáneo la belleza no se toma muy en cuenta. Creo que la belleza es una parte integral muy importante de la vida. La belleza existe en todo, aparece en cualquier momento, no está aislada, está por todos lados. Hay que saberla encontrar. Creo que si la encontraste es un privilegio, y en mi caso más aún, porque encontré un espacio de belleza para compartir”.

Determinismo y determinación

Compartir, un verbo que el artista ejercita. En cuanto al intercambio entre pares artistas, Atchugarry opina que “a veces cada uno vive en su micromundo, en su taller, con sus rivalidades, sus problemáticas y demás. La idea es que este [la fundación] sea un lugar abierto a todos. Por ejemplo, a fines de este año va a venir una maqueta de un artista argentino de 80 años y vamos a realizarla aquí. Es una obra grande que no es fácil, pero la idea es ir cargando el lugar de las diferentes energías, de las diferentes concepciones de vida. Y eso es a beneficio de todos. Tenemos que aprender a reconocer nuestras diferencias, y reconocerlas como un valor. Si todos fuéramos iguales sería muy aburrido. Encontrar las diferencias y juntarlas y que esa unión de diferencias nos haga tener el sentido de la convivencia más vasta. El mundo no es lo que vemos nosotros, sino lo que está del otro lado. Todos tenemos un espacio en este mundo. La idea de este parque es un poco eso, reconocer las diferencias, y que la unión de diferencias sea vista como un valor”.

“Por más que tengo dos patrias y dos ciudadanías, yo me presento en todo el mundo como un artista uruguayo. Siempre me gustó conservar mi origen”

Comparte su conocimiento, su arte, su mundo y hasta su casa. Algo que uno imagina no es muy común en el mundo del arte con mayúscula… aunque, pensándolo bien, la generosidad verdadera y sin mayor intencionalidad que propagar y prolongar la propia obra no es muy común en el mundo en general. Eso habla de una seguridad personal muy grande y de los efectos de la convicción con que se encara la vida. “Es muy interesante, yo digo que esa fuerza y esa convicción –con las cuales también me ayudaron mis padres al hacerme creer que podía y todo ese tipo de cosas y el ver mucho arte y artistas en todo el mundo– siempre me aportaron la sensación de que de alguna manera yo podía seguir adelante, podía continuar. Yo no busqué la dificultad por la dificultad del medio expresivo. Era algo que lo sentía, y de alguna manera estaba dentro de mí, o en el imaginario”.

Hubo señales determinantes, que podrían asociarse al determinismo o al destino, si se adhiere a alguno de los dos. Una fue que a los 11 años Atchugarry tenía que hacer una presentación sobre Italia. “Terminé hablando del mármol de Carrara y, como mi padre había encontrado unos planos del lago de Como, hablé también de eso. Y ahora trabajo el mármol de Carrara y vivo en el lago de Como”. Y la otra tiene que ver con sus inicios como artista. “Digamos que empecé desde niño, veía a mi padre pintando [que asistía al taller de Joaquín Torres García] y sentí ese deseo de manifestarme con la pintura y con el dibujo. En determinado momento, recuerdo que había muchos artistas que me decían que no me iba a poder quedar en las dos dimensiones. Ellos notaban que en mi trabajo pictórico se veía la tercera dimensión, o que era como la pintura o el dibujo de un escultor”.

Sublime sencillez

Más de cuatro décadas después de esos inicios, el artista sabe cuál es el volumen de su obra escultórica porque “en Italia se está haciendo el catálogo sistemático razonado. Se habla de más o menos 1.500 obras. O sea que es una mole de trabajo”. “Muchas toneladas”, agrego. “Muchas toneladas que quedaron en el camino”, retruca el escultor y los dos nos reímos. Aunque la cuestión pasa por otro lado al que llegaré, me gana la curiosidad de preguntar qué se hace con el material de desecho. No olvidemos que no es cualquier desecho, es mármol de Carrara. “Si se está cerca de Carrara o de una cantera, como es carbonato de calcio se utiliza como material natural de relleno”. Si se está lejos, Atchugarry me aclara que no tiene ninguna utilidad.

"Extraño al Uruguay. Una de las cosas que más extraño es el asado de tira, que casi no se consigue allá. Cuando estamos acá, prendo la parrilla siempre. Comemos ‘asado corrido’ durante tres meses”

Y entonces paso a la cuestión, que es cómo hacer para no congelarse frente a ese material que por ser de extracción algún día no existirá más y que es tan caro (por querido y costoso) para el hombre. “Eso que tú estás diciendo me hace acordar a cuando Vincent Van Gogh le escribe a su hermano Teo, en una de sus famosas cartas, que ya no sabe si una tela pintada por él tiene más valor que una tela en blanco. Hay un gran momento de humildad y de comprensión en que bueno, evidentemente el artista va a hacer todo lo posible por poner su mayor capacidad, su mayor empeño, su amor, su dedicación a la obra, pero el resultado nunca se conoce”. Y, el mármol es mucho peor que la tela. “En la tela siempre se puede superponer color y reintervenir hasta que el resultado sea satisfactorio. Acá el problema es todavía mayor, porque cuando el escultor empieza a quitar para ir buscando su forma, cada pedacito que quita lo quita para siempre. No tiene posibilidad de volver a repensar la obra y agregarlo. En una decisión dramática tomó el coraje de decir esta parte no hará más parte de la obra, está excluida. El proceso mental es de toma de riesgos y decisiones, porque si no uno quedaría paralizado por el pánico y la obra no avanzaría”.

Austera devoción

Si frente a un solo bloque de mármol hay que tomar todo tipo de iniciativas y decisiones, me pregunto qué pasa con el camino del artista. Atchugarry expone sus primeras obras en cemento, que define como “picassianas” y “precolombinas” (poner flechita a las obras de esas). Por lo que no hay un pasado vergonzante, de ese que uno se imagina que el artista en su evolución pueda sentir como tal. “Al principio era más figurativo, hasta que se fue llegando a la imagen más sintética, donde se puede decir que la obra es abstracta. Fueron años de años de cambios, en los que a veces convivían las diferentes expresiones, hasta que al final se fue independizando, se fue llegando a esta abstracción por síntesis. No fue cambiar el dial de la radio, no cambió la estación. Hay un camino. Sigo sustrayendo y sigo tratando de ser lo más transparente con lo que siento con la obra. Y bueno, yo no sé a dónde va a ir, a dónde me va a llevar. Yo voy siguiendo la obra”.

Esa dedicación religiosa, esa urgencia de “no puedo hacer otra cosa que esto”, me hace preguntar qué pasa cuando el artista no tiene éxito, cómo sobrevive. “No es una cuestión de supervivencia, si no de cómo sobrevive. Porque lo importante es hacerlo porque uno tiene que hacerlo, porque lo necesita, más allá de los resultados, que siempre es de esperarse que lleguen y que el artista los pueda disfrutar”.

 “El tiempo que me lleva cada obra no es siempre el mismo. Digamos que una obra que termine hoy me va a haber llevado 57 años y algunos meses” (es la edad de Atchugarry)

La obra le demanda a Atchugarry una jornada laboral que en Italia es de lunes a lunes de 7 de la mañana a 8 de la noche, con un descanso para el almuerzo en el propio taller y otro que se agregó recientemente, una caminata de una hora indicada por el cardiólogo. Esto último parece contrariar al artista, porque le quita tiempo para su trabajo. Entonces ese camino que parece más glamoroso de lo que es en realidad sacrificado, ¿qué forma tiene? “Si tuviera que hacer una síntesis, diría que el camino del artista es de soledad y de subida, es un plano inclinado en subida donde nunca se llega, siempre va a haber algo más. Y lo importante es trabajar. Trabajar significa dedicarle tiempo, trabajar para que esa imagen propia vaya saliendo, se vaya afinando, vaya viajando con nosotros contemporáneamente. Y para eso, más allá de los resultados, hay que dedicarle la vida”.

Vuelta al mundo

“Poco antes de venirme a Uruguay terminé la obra más grande que he realizado hasta el momento, de un bloque de mármol de 56 toneladas. Mide 8,6 metros de altura, un coloso, realmente. Me llevó seis años de trabajo. Por más que iba cambiando, fueron seis años conviviendo con la misma imagen. Por suerte pude acabar esta obra. Es como una especie de liberación, uno se libera de las toneladas y de aquello que nunca está terminado. Digo nunca porque pasó un segmento de tiempo muy grande en el cual me acompañó siempre la ansiedad de terminar la obra. Es un estado de ansia, porque está allí la presencia, y aún no la terminó y pasan otras cosas en el medio que hacen que no la termine tal año y vaya para el siguiente. Entonces es un gran desafío, una gran aventura, pero también una gran carga opresiva. Una obra de ese tipo necesita un empeño físico y psíquico realmente muy grande”. La obra fue encargada por un coleccionista que reside en Bélgica, quien pagó 1,2 millones de dólares por ella, y hacia allí partirá desde Italia en breve.

Link al artículo:

https://elobservador.com.uy/noticia/217505/pablo-atchugarry-coloso/

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